jueves, 24 de noviembre de 2016

LA JOTA: DANZA HISPÁNICA





UNA DANZA QUE UNE A LOS PUEBLOS PENINSULARES

Manuel Fernández Espinosa

Se conjetura que la palabra "jota" (arcaicamente era "xota") parece provenir del verbo "sotar" (bailar y saltar) que parece que a su vez proviene de "saltare" en latín que derivó en mozárabe a "sáwta" (salto).

Es tanto una danza como un cante. Musicalmente tiene un ritmo en 3/4 ó el 6/8. Hay estudiosos que apuntan que su origen hay que buscarlo en Valencia, pero el hecho es que es uno de los bailes más extendidos por toda la Península Ibérica: así hay jota valenciana, castellana, extremeña, manchega, catalana, montañesa, andaluza, riojana, navarra, vasca y, por supuesto, la más conocida de todas: la aragonesa. La jota saltó el Océano Atlántico y también la encontramos en Hispanoamérica. 

Es, por lo tanto, una de las danzas tradicionales que unen a todos los pueblos hispánicos:


Jota Vasca:
 


Jota Catalana:


Jota Castellano:


Jota Extremeña:


Jota Navarra:


Jota Manchega:

 


Jota Valenciana:


Jota andaluza:


Jota Aragonesa:


  

domingo, 6 de noviembre de 2016

LAÚDES Y BANDURRIAS



Por Antonio Moreno Ruiz
Historiador y escritor

Albergo la intuición de que, hasta principios del siglo XIX, las músicas andaluzas y criollas deberían sonar parecidísimas, y que ese poso se ha conservado hasta hoy en las islas Canarias. Ojalá pueda seguir investigando y redescubriendo, pero imágenes como éstas, ante laúdes o bandurrias, van confirmando lo que defiendo, basado en hechos donde la musicología actúa como agente histórico y antropológico.


Es una pena que estos instrumentos hayan desaparecido de la Baja Andalucía o del criollismo peruano, por ejemplo. Sin embargo, se conservan en Granada, Canarias o Portugal.




Con todo, lo que demuestran los hechos es que los "puristas", ya sean en la música, en la política o etc., al final lo que hacen es destrozarlo y desnaturalizarlo todo, porque no les interesa la historia, la identidad o la esencia, sino su desquiciado mimbre ideológico artificial. Por eso, por desgracia al flamenco apenas le doy una generación de vida, si es que al 99% de esta música de voces de borricos resfriados que parecen cantar para drogatas (¡y encima en nombre de la pureza!) ya puede ser llamado flamenco...

viernes, 2 de septiembre de 2016

ENTRE TANGOS Y ZAMBRAS


Por Antonio Moreno Ruiz
Historiador y escritor
Curioso resulta que la palabra "tango" aparezca ya en el siglo XVII ligada a ambientes de negros, tanto en Triana como en Cuba. Creo que fue Ortiz Nuevo quien documentó que los tangos entran en el repertorio (pre)flamenco como "Tango Americano" o "Tango de los Negros". Y digo "curioso" porque a día de hoy hay quien pretende a los tangos como uno de los cantes flamencos más "puros/gitanistas", cuando hasta hace no mucho, habrían sido considerados "cantes menores", al igual que la malagueña así era considerada por algunos a principios del XX; y sin embargo a día de hoy, la malagueña suena de lo más jondo...
Otra curiosidad con esto del "purismo" que en verdad va acabar de matar al flamenco: En Granada se venden los tangos y las zambras como una suerte de "reliquia árabe"... Ya hemos hablado de los tangos; pero con respecto a las zambras, "zambra" era el vocablo con el que se designaba a una fiesta morisca (que no árabe); es decir, que dentro de la zambra se interpretarían distintos tipos musicales que desconocemos como tantos otros que se quedaron en el camino. La zambra que hoy se vende por el Sacromonte no es sino una digna hija del Cante o Género Andaluz de los siglos XVIII y XIX, y de una de sus consecuencias, la copla (el flamenco es la otra); estilo musical que probablemente se pueda estudiar mejor en La Habana que en Andalucía, pues hay una gran documentación en Cuba que está por explorar; y fue en los teatros antillanos donde esta música hizo furor, cruzándose con otras músicas españolas como el zortzico vasco. No es casualidad que Pepe Marchena, a principios del siglo XX, creara la colombiana flamenca a través de mezclar el corrido mexicano y el zortzico vasco, por ejemplo.
Y bueno, el tema es que me encantan los tangos y las zambras. Y me encanta toda la riqueza y la complejidad del flamenco. Qué pena que entre tirios y troyanos se lo estén cargando, a gusto de consumiciones ideológicas...



jueves, 1 de septiembre de 2016

DEL PARCHÍS Y LOS MANDALAS



NOTA A LA PROSAPIA SAPIENCIAL DEL PARCHÍS

Manuel Fernández Espinosa


Los juegos digitales han arrasado con los juegos tradicionales: pensemos en esa versión virtual de la caza del gamusino* que hoy es la caza de pokemones. Los juegos de mesa parecen ya formar parte de un pasado que apenas alguien recuerda. Entre los juegos de mesa figura el de la Oca o el Parchís. Sobre las connotaciones iniciáticas del Juego de la Oca, así como sobre sus orígenes que todavía son un enigma, se ha especulado mucho. Menos se ha tratado del Parchís.

Nuestro Parchís es la forma más generalizada en nuestro ámbito cultural, pero el Parchís está emparentado con otros juegos más y menos exóticos, como son el "Pachisi" que se juega en Pakistán e India (que, a su vez, parece descender del "Chaupar" al que jugaba el emperador Akbar I) y, más próximo en el ámbito europeo, aunque no tan popular en España: el "Parqués".

No voy a entretenerme en recordar ni glosar las reglas, tampoco voy a comparar estos antecedentes y parientes del Parchís. Lo que llamaré la atención es sobre lo que salta a la vista que es el tablero, tratando de aportar una interpretación simbólica que nos permitirá comprender la dimensión educativa (más allá de la lúdica) que tienen estos ancestrales juegos de mesa, hasta hace poco a simple vista triviales y domésticos.

El tablero del Parchís es un diagrama o lo que es lo mismo: una representación gráfica de las variaciones de un fenómeno, o de las relaciones que tienen los elementos o las partes de un conjunto. Cierto es que el Parchís resulta más geométrico y abstracto que el tablero de la Oca donde las casillas -independientemente de su estampación a gusto de la moda- representan símbolos mucho más intuitivos como son el "El Puente", "La Cárcel"... O la "Muerte" y, como meta, "El Jardín de la Oca" que vendría a representar el triunfo del jugador -homo viator- que alcanza ese trasunto del Paraíso.

Aunque existen tableros de Parchís para seis u ocho jugadores, el más común en España es el que hace competir a cuatro. Ciñéndonos al cuaternario parece obvio para alguien afinado en el simbolismo que estamos ante una representación simbólica del cuaternario, siendo el más universal el de los cuatro elementos: Tierra, Aire, Fuego y Agua.

Platón ya apuntaba que si el ternario era el número de la Idea, el cuaternario lo era de la realización de la Idea, lo que nos remite a organización material del mundo en sus cuatro direcciones: Norte, Sur, Este y Oeste; o su composición elemental (Tierra, Aire, Fuego y Agua), así como también en su cuatro estaciones: Primavera, Verano, Otoño e Invierno... Podríamos apuntar más cuaternarios.

Es mérito del filósofo español Ignacio Gómez de Liaño haber reconstruido genealógica y arqueológico-filosóficamente, en más de diez años de trabajo, la ruta y metamorfosis de los llamados "diagramas de conocimiento", empleados en los primeros siglos de nuestra era por gnósticos, maniqueos y otras sectas filosóficas o religiosas. Hallando su cuna en el arte de la memoria de los griegos (como Metrodoro de Escepsis que floreció en los siglos II-I a. C.) y, siguiendo los pasos de Alejandro Magno, Ignacio Gómez de Liaño nos lleva hasta Asia donde estos diagramas se transformarán en los conocidos "mandalas" que hoy están retornando a occidente: en algunos centros docentes se emplean plantillas que los niños colorean o, en su defecto, generan esas plantillas con compás y reglas, para luego colorearlas. 

El mandala tiene entre los occidentales profanos el prestigio de lo exótico, pero -como bien ha mostrado Gómez de Liaño- son los "mandalas" del budismo tántrico, por ejemplo, los que deben su existencia al arte de la memoria de los griegos -arte plasmada en diagramas más o menos complejos- que, en tiempos remotos, los ejércitos de Alejandro Magno llevaron al extremo oriente. Como en las sectas gnósticas que luego se sirvieron de estos diagramas, las religiones del Lejano Oriente también emplearon estos recursos como bien sabemos. 

A Occidente regresan, ya lo decimos, bajo la forma de juegos de mesa o bien como una especie de manualidades para esparcimiento de los niños, pero bueno será saber que constituyen un antiquísimo recurso para la contemplación de los misterios de la existencia y la memoria.    

NOTA:

Gamusino: es un animal fantástico con el que todavía, en ciertas partes de España y Portugal, se embroma a los jóvenes que se inician en la caza que es símbolo perenne de la vida.
  

viernes, 19 de agosto de 2016

EL RACISMO GITANO QUE NO ES GITANO

Por Antonio Moreno Ruiz
Historiador y escritor 

Como nuestros lectores saben, alguna que otra vez hemos hablado del flamenco (1) y sus tópicos. Gracias a Dios, éstos cada vez son más superados, pues las evidencias son demasiadas. Y aunque los cansinos siguen con sus historias, la mayoría de las veces da pereza siquiera contestarles. Pero esto ya nos parece de fuerza mayor, porque los insultos racistoides contra nuestro pueblo nunca son tolerables.
Conste que, así como encabezamos este escrito, en absoluto juzgamos mal al pueblo gitano, sino al contrario: Contestamos a quienes utilizan al pueblo gitano para imponer una suerte de racismo exclusivista extrahispano y “post-romántico” que no se sostiene por ninguna parte.
Desde hace tiempo, Ricardo Pachón y adláteres vienen desbarrando sobre el flamenco en base al purismo racista dizque gitano. Curioso es que haga alarde de purismo excluyente a la vejez quienes, durante toda su vida, produjeron fusiones un tanto indigestas que nulo favor le hicieron al flamenco. Quedará muy moderno y muy “underground” y todos esos anglicismos del demonio mezclar flamenco con jazz o lo que sea, pero recuerdo que, aunque yo era muy niño, en aquella época todo aquello recibía críticas de los “puristas”, entre otras cosas, porque se hacía con músicos muy de Despeñaperros para arriba. Y con unas voces roncas desagradables que jamás existieron en el flamenco. Pero desde luego, es muy socorrido recurrir al racismo cuando no se llega.
Está claro que para gustos los colores, pero si nos remitimos al “flamenco puro”, poco favor le ha hecho. El flamenco cada vez está más mediocre y menos creativo. Y si se ha mantenido hasta hace poco, era gracias a las sagas de artistas y al celo fervoroso de muchos oyentes y curiosos. Desde hace años, sin embargo, desde el Estado se hace la guerra a la familia y al pueblo, adocenándolo para que abandone su cultura y sus costumbres y se eche en manos de lo primero que venga de fuera como si fuera el maná. Si la generación de mis padres tenía el complejo de que “tenemos que ser como Europa”, nosotros ya celebramos Halloween. Eso sí: Con voces roncas, como quien se harta de aguardiente luego de ponerse fina la nariz. Creando escuelas de borricos resfriados y demás malos imitadores.
Qué imagen tan lamentable, joder.
El escrito de Ricardo Pachón puede verse completo en el enlace:


Es bastante largo. Con todo, vayamos a sus ideas-fuerza:


LO QUE SE HA ESCRITO HASTA AHORA DE FLAMENCO NO VALE, PORQUE HA SIDO ESCRITO POR FLAMENCÓLOGOS PAYOS

No sorprende que se acuda al término “payo”, que es un vocablo racista. Pero bueno, todo ello corrobora lo que decimos: Si uno es “castellano”, no puede ni siquiera investigar, porque no le va a salir bien.  Vamos, yo, que soy de la Andalucía profunda a través de muchas generaciones (puestos a jugar a ser Sabinos Aranas…) resulta que soy sospechoso de “manipulador” según el criterio de alguien que es tan “castellano” como yo o más. Sin embargo, ese racismo gitanista-determinista se le olvida cuando cita como reputado flamencólogo a ¡Caballero Bonald! Descendiente del vizconde de Bonald, un pensador reaccionario francés. Sí señor, para dar lecciones de pureza gitana estamos… Y en su lista de cantaores, se le “olvida” a Silverio Franconetti, el mismo que extendió lo que a finales del siglo XIX se conoce como flamenco y que antes entraba dentro del Cante o Género Andaluz, y que no era gitano. Chacón tampoco era gitano. Y tantos y tantos otros. Pero claro, es que nosotros no podemos hablar de estos temas. Sólo Caballero Bonald y Pachón.
Por cierto, para quejarse de la clase política, hay que recordar que Pachón fue un militante histórico de la “autonomía” con la bandera islamizante del antitaurino y antisantiaguista (y amigo de racistas antiespañoles) Blas (Ahmad cuando se convirtió al islam) Infante y Pérez de Vargas de por medio, uno de tantos que jamás ha reconocido su mediocre culpa en aquel proceso caciquil que nos tiene postrados desde entonces, y que nos ha forzado a tantos jóvenes a la emigración. Y a Caballero Bonald le han dado el Premio Cervantes, igual que Juan Goytisolo. ¡Grandes ejemplos de persecución y rebeldía! Qué falsas suenan esas quejas de la política, de una política a la que algunos tanto han contribuido, y que tanta responsabilidad tienen como los políticos. Sé positivamente que no pagarán en vida sus tropelías, pero del juicio divino sí que no se escapa nadie.
Ah, Demófilo; otra autoridad a la que se recurre, tampoco era gitano. Y hasta tenía orígenes muy de Despeñaperros para arriba. Y si bien es cierto que su labor es encomiable como recolector de letras, no sabíamos que sus conclusiones eran palabras de Dios, máxime cuando no era gitano…


LOS GITANOS ANDALUCES FORMAN UNA ISLA ENTRE SEVILLA Y CÁDIZ EN LA CUAL NO SE CONTAMINAN CON OTRAS MÚSICAS

Se dice que: “Con meridiana claridad Caballero Bonald confirma la importancia del pueblo gitano-andaluz en el nacimiento de este arte. Por supuesto que los gitanos no traían el flamenco del Punjab, ni de los países transitados en su hégira desde la India a Triana. En todas las caravanas gitanas viajaban familias de herreros, caldereros, tratantes de ganado y, por supuesto, músicos y danzantes. Estos últimos fueron ampliando su música y su instrumental al paso por Rajastán, Asia Menor, Grecia, los Balcanes, Imperio Austro-Húngaro, Francia y España.
Llegaron a Triana sobre 1470 y en este arrabal de marginados convivieron con judíos conversos, moriscos y, sobretodo, esclavos negros escapados o manumitidos de casas sevillanas. Por eso no debe extrañarnos que en el Libro de la gitanería de Triana, escrito por Jerónimo de Alva y Dieguez, en 1749, se mencionen, como bailes de gitanos el cumbé, el guineano, el mandingoy y la zarabanda, todos de origen africano.”

Como historia romántica de un nacionalismo rancio trianero, queda muy bien. Pero muy pronto llegan las contradicciones; obviándose asimismo que en Triana no sólo vivían gitanos, negros y moriscos, sino también muchos “castellanos”, e incluso hubo un barrio de portugueses. Los judíos conversos no vivían precisamente en Triana, sino en otras zonas, generalmente más pudientes; y desde luego, no constituían ningún "proletariado". Aunque de todas formas, Triana no era un “arrabal marginado”, y dentro del otro lado del río, había ricos y pobres. Como en todos lados.
Sevilla y Cádiz, desde finales del XV a finales del XVIII, albergaron un gran círculo metropolitano donde, amén de gentes de todas las Españas (catalanes, gallegos, leoneses, castellanos, vascongados…) y otros grupos ya mencionados, se dieron cita franceses, alemanes, flamencos, genoveses, florentinos… Hasta armenios. Era un circuito “cosmopolita” de la época, uno de los más florecientes del mundo, avanzadilla del Atlántico hacia Canarias y América. ¿Y en este contexto, los gitanos desde Triana a Cádiz mantuvieron una pureza absoluta que venía de ellos y de nadie más (bueno, que sí, que de los negros también…)?
Eso por no contar que Andalucía es tierra de repoblación. Algo muy elemental y visible en nuestra identidad popular.
Por otra parte, cierto es que el flamenco tiene un regusto oriental. Dilucidar si eso viene de árabes, judíos, mozárabes, o vaya usted a saber dónde, es una pérdida de tiempo, porque ese tono melismático está extendido por todo el Mediterráneo, al igual que existe en la India o Irán. ¿Se acogieron los gitanos tan pronto a eso porque les recordaba como un aire de familia? A mí me da esa impresión. Pero no estamos ante una ciencia exacta y es imposible categorizar hasta esos puntos.
Si los gitanos no se pudieron aislar de negros y moriscos, ¿se iban a aislar de “castellanos” y portugueses? ¿Iban a escapar a sus influencias? Vamos, que ya puestos, ¿los gitanos asimilaron músicas de negros, pero sin embargo, rechazaron jácaras, folías, romanescas, seguidillas, jotas o romances?
Hablando de moriscos: Los de Triana, en muchos casos, procedían de Granada (a la que expulsan directamente del flamenco). Ya que cita músicas de negros, ¿por qué no cita músicas de moriscos?
Al final me tengo que acordar de “La llave de la música flamenca” (Signatura Ediciones) de los hermanos Hurtado Torres, libro capital sobre el flamenco desde un punto de vista musical –que no “anecdótico”-, donde se nos recuerda cómo ya desde finales del siglo XVIII ciertos románticos proyectaban sus sueños sobre los gitanos, poniendo palabras en sus bocas que jamás habían dicho.
Yo la verdad es que no sé en qué beneficia a los gitanos esa etiqueta de “marginal”, pero más de uno se sorprendería al ver las memorias del general Queipo de Llano, donde alaba vehementemente a los gitanos por haber colaborado con el Alzamiento. Además de eso, sabido es la buena sintonía que hubo entre la comunidad gitana y la Comunión Tradicionalista, habiendo colaboración activa para proteger la iglesia de San Román del terror rojo, así como hubo gitanos en el Requeté. Gitanos ha habido siempre de muchos tipos. No todos han sido canasteros. Y tampoco han sido todos bohemios progres, que es un fenómeno de Mayo del 68. Más bien al contrario: Si por algo se han destacado muchas familias gitanas es por haber sido gentes que han valorado el orden y la tradición por encima de todo. Y eso poco casa con determinadas ideologías modernas, que al final, no demuestran sino un paternalismo muy mal disimulado; una especie de complejo de superioridad que se cree poder enseñar y utilizar a los demás; como tantos progres oenegeros que exportamos desgraciadamente por el mundo con el dinero de todos, faltaría más.


LA ¡INVASIÓN! DEL FOLCLORE ANDALUZ E HISPANOAMERICANO…

En verdad es bueno que diga esto, porque el que más y el que menos se da cuenta del aire de familia existentes entre muchas músicas de Andalucía e Hispanoamérica, siempre con el filtro de Canarias y Cuba por bandera.
De todas formas, ya que se utiliza el término “invasión”, ¿nos podrían explicar los racistas gitanistas por qué en la forma de la guitarra que acompaña al cante de la soleá hay regusto de fandango antiguo, que ya en el siglo XVIII el Diccionario de Autoridades refleja como un “baile muy alegre que han traído los que han estado en las Indias”? ¿Por qué esa “forma” de guitarra esté presente también desde México a Argentina?
¿Por qué Caballero Bonald oculta a Silverio Franconetti quien, a su vez, estuvo emigrado en Uruguay?



Silverio Franconetti, buque-insignia del flamenco e ignorado por Pachón y Caballero Bonald, entre otros. 




Díganme una cosa: Si uno de los platos más famosos de la cocina española es la tortilla de papas, gestada en la cocina del general carlista Zumalacárregui, y si hasta el gazpacho lleva tomate… Quiero decir, si en las cosas más cotidianas referentes a nuestros usos y costumbres hay acriollamientos, ¿la música iba a escapar a ello? ¿O es que sólo hacían música unos supuestos gitanos puros aislados del resto del mundo?
Que haya gitanos rubios, otros que parezcan hindúes, otros que parezcan moros y otros que parezcan mulatos será puritita casualidad y, por supuesto, eso de los fenotipos y las costumbres nada afecta a la pureza de la música, que es una suerte de esencia racial distinta de todo lo que rodea. Una música que se ha mantenido pura e intocable desde el siglo XV, eso sí, sólo con algunos ribetes negros... El problema es cuando la palabra “tango” aparece en Cádiz en el siglo XIX como el tango de los negros, pero también como el tango americano… Así como en los teatros de La Habana ya está documentada en el siglo XIX la presencia del Cante o Género Andaluz, que convivió con el zortzico vasco y otras músicas peninsulares y criollas. Qué “casualidad” que Pepe Marchena, uno de los más grandes cantaores (mucho más cantaor y no digamos flamenco que muchos de los postcamaroneros de Pachón y compañía) creara la colombiana flamenca a través del corrido mexicano y el zortzico… Pero claro, si los flamencos no salieran de Triana o Cádiz y como mucho sólo captaran algunos “bailes negros”… Pero negros de Triana, eh, que no de Cuba ni de otros lugares.
Ya en serio: De “invasión” nada. Algo tan real como vivo, fascinante y emocionante. Crisol de músicas y de gentes cuyo tronco es muy anterior a la llegada de los gitanos. Un mundo mucho más rico y complejo que la mentira de las patas muy cortas que ya provoca vergüenza ajena.


EL FLAMENCO NO ES “ARTE POPULAR”

En cuanto al racismo, parece que también se da una suerte de “aristocracia” atragantada. Por lo visto, para algunos ser artista o ser del pueblo es una deshonra.
Hay que decir que el flamenco no es folclore. Cierto. Me gusta la definición del musicólogo Faustino Núñez: Reinterpretación del folclore, desde una óptica “andaluzada” o también “agitanada”, si se quiere. Pero el flamenco no nació en una isla racista, ni tampoco el pueblo gitano nació con tal esquema. Y entre los gitanos, como entre los castellanos, han sido los buenos artistas profesionales los que se han dedicado a extender, pulir y evolucionar los diferentes palos de una música llena de sutilezas y hasta refinamientos. Y de una música que siempre ha estado presente en toda Andalucía (y Granada, que no fue oficialmente Andalucía hasta el liberalismo del siglo XIX), incluyendo lindes extremeños y murcianos.
Dentro de las formas artísticas, resulta que el “postcamaroneo” ha extendido, además, la idea que cantar con la voz ronca es lo “puro/gitano”. Sin embargo, las grabaciones de principios del siglo XX, las más antiguas y “puras”, nos dicen todo lo contrario: Se cantaba con voces “laínas”, las mismas que empleaban la Niña de los Peines o el Gloria. ¿Y cuando le decían al Carbonerillo “¡así se canta gitano!”? A día de hoy, Antonio Mairena o Manolo Caracol sonarían “payos” según los estereotipos más racistas y cerriles. Por cierto, estereotipos que están dejando al mairenismo en pañales.
Y sí: El flamenco no es popular en toda Andalucía. Pero no por ello es “mayor” o “menor”, ni ajeno al acervo etnomusical del sur ibérico. El flamenco se nutre –y reinterpreta- de ese acervo musical preexistente. Se entiende el flamenco a partir de ello y no al revés.
Como para hablar de “invasiones”, que manda huevos.
Esta actitud exclusivista es la que provoca antipatía y recelo a una de las mejores imágenes de España y a una de las músicas más ricas de Occidente. Esta actitud es la misma que tienen los que rechazan el flamenco como algo “no español”. Al final, Dios los cría y ellos se juntan. Todo sea por buscar hechos diferenciales que nos dividan y desquicien más todavía.
En fin: Como decimos, esto da pereza ya. Pero ante el insulto y la mentira, no se puede uno callar.

Por desgracia, pienso que vivimos uno de los últimos momentos del flamenco. Al no haber familias, no hay transmisión. Al no haber transmisión, el flamenco se pierde, pues es una música llena de sutilezas, matices y hasta refinamientos, que no se aprende en un rato, ni se abona con modas más o menos pegajosas. Al estar invadidos por hechos culturales anglomediocres y por topicazos deformadores, esto no es sino una consecuencia lógica. Este racismo es el que ha hecho que muchos de Despeñaperros para arriba, con voces roncas, estén vendiendo por medio mundo algo que aburre y chirría. Eso, mientras se ha desprestigiado a muchas músicas y cantaores que brillaron por su excelencia. Al final, todo se paga. Y vaya si lo estamos pagando… Pero eso sí: Al menos, las corrientes más lógicas, musicológicas y antropológicas, nos han hecho ver la luz ante tanto desafuero. Y quien sabe si en verdad no está sino rebrotando esa hermandad natural entre músicas que nos pueda llevar a una mejor comprensión entre hispanos… Total, por soñar, que no quede. Al final, no hay mal que por bien no venga. Y de males ya estamos hartos. 



(1) ENLACES:

lunes, 11 de julio de 2016

EL “RELINCHO” EN LA TRADICIÓN VOLK-LÓRICA DE LOS PUEBLOS DE ESPAÑA.

 
Detalle parcial del relieve ibérico encontrado en el término de Martos, pieza de singular interés conservada en el Museo del P. Recio.


Manuel Fernández Espinosa


En los pueblos indoeuropeos el “caballo” ha desempeñado, desde la más remota antigüedad, un papel predominante que tendrá, en los rituales y relatos míticos, un importante protagonismo. El simbolismo del “équido” es muy complejo, y se han vertido ríos de tinta en su interpretación. Para Mircea Eliade era un “animal ctónico-funerario”, pero Mertens Stienon consideraba que era un antiguo símbolo del movimiento cíclico de la vida manifestada. Diel cree que el caballo simboliza los deseos exaltados, los instintos primarios, “de acuerdo con el simbolismo general de la cabalgadura y del vehículo” –según Juan Eduardo Cirlot. Sugiero que, de entre todas estas interpretaciones, retenga el lector ésta última de Diel para mejor entender lo expuesto más abajo.

Los “Asvins” indios, los griegos Cástor y Pólux, los anglosajones Horsa y Hengist... Serían expresiones de un mismo mito ancestral: el del caballo y el jinete que luego se transforma en el mito de los Gemelos. Según Puhvel, el mito de los gemelos se podría interpretar –en el mito y ritual proto-indoeuropeo- como el acoplamiento de un jinete con un caballo. Se sabe que los celtas continentales adoraban a la diosa Epona bajo figura de yegua blanca, pudiéndose comparar los rituales anejos a este culto de Epona con el “asvamedha” indio. En la Hispania indoeuropea encontramos una serie de animales sagrados entre los que, según la Doctora Guadalupe López Monteagudo, figuran “el ciervo, el caballo, el jabalí y el toro”. Sobre la función apotropaica (protectora de tumbas) y psicopómpica (conductor del alma del difunto al “más allá”) del caballo tiene espléndidas páginas el erudito Profesor D. José María Blázquez, que no obstante piensa que “La Península Ibérica, por otra parte, nunca fue devota de Epona” a juzgar por los pocos vestigios epigráficos que pueden alegarse a favor de ese culto.

No obstante, a pesar de los reparos que una autoridad como la del Profesor Blázquez hace al culto de Epona en Hispania, hay que señalar que existe una multitud de estelas funerarias ibéricas, celtibéricas o celtas halladas a lo largo y ancho de toda la península. En estos monumentos fúnebres el caballo –con o sin jinete- es figura central. Tampoco habría que olvidar que la numismática prerromana es harto elocuente en este sentido, cuando en el revés de muchas monedas aparece otra vez el caballo como animal totémico, cabalgado o sin caballero. El Profesor Alejandro Recio Veganzones estudió un relieve ibérico hallado en el término de Martos, en dicho relieve nos aparece un caballo acompañado de otros elementos que no nos conciernen ahora. El Profesor Recio supone que este relieve decoraba “alguno de los lados de un monumento funerario”. En el arte antiguo se ha interpretado que el caballo –animal eminentemente funerario- condensa un simbolismo que no sólo se restringe al papel de “protector de tumbas” o “conductor de ultramundo”; también se ha interpretado el símbolo equino como simbolización de un hombre heroico.


Como reliquias etnológicas y folclóricas de estas primitivas creencias que tienen al caballo –tanto en los ámbitos indoeuropeos como ibérico- como animal totémico encontramos dos figuras muy curiosas: la del “Zamalzain” (personaje del carnaval de la vertiente francesa de Vasconia) y la del “Zaldiko”, perteneciente al universo carnavalesco de Lanz (en Navarra), ambos muy estudiados por el eminente antropólogo D. Julio Caro Baroja.


Zamalzain” es, según el maestro antropólogo al que seguimos, “el personaje más importante [del carnaval de Zuberoa] que a primera vista representa a un hombre montado a caballo, si bien es verdad que el armazón que pretende simular el cuerpo del animal no lo hace con mucha propiedad. La cabeza del caballo, de madera, es muy pequeña. El hombre lleva un gorro complicado con plumas. Notemos ahora que caballero en vascuence es zaldun-a, y el caballo, zaldi-a.”


En Lanz un personaje carnavalesco, a primera vista parecería homólogo de “Zamalzain”, es “Zaldiko”, aunque Caro Baroja se pregunta: “¿Quién puede ser este hombre-caballo?”; y objeta: “Entre la mascarada de Lanz y las de Zuberoa hay una divergencia notable […] El ser mítico y ritual que los etnólogos de otro tiempo idearon con el nombre particular de “espíritu de la vegetación”, espíritu que pierde y recupera la fecundidad anualmente y que ostenta figura de caballo, no puede seguir haciendo el gasto de nuestras interpretaciones”.


Independientemente de estas consideraciones de Caro Baroja sobre el “espíritu de la vegetación” de la etnología clásica, el asunto sobre el que llamamos la atención es la identificación del hombre con el caballo, que puede apreciarse tanto en los personajes del carnaval vasco-navarro y vasco-suletino como en la hermenéutica del arte ibérico y celtibérico que interpreta al caballo funerario como cifra del difunto heroizado.


Teniendo en cuenta que nuestros antepasados identificaron hombre y caballo, podemos entender que uno de los elementos del folclore hispano fuese el “relincho”, preservado en nuestros días tan sólo entre los vascos, aunque como tendremos ocasión de comprobar, existen vestigios literarios que nos revelan que también el "relincho" estuvo presente en otras zonas de la Península Ibérica.


En los jolgorios vascos, cuando la comunidad está gozando de la fiesta con la música y la danza, los hombres suelen lanzar los típicos “irrintzi” (relinchos). Como todos sabemos, el “irrintzi” es el típico relincho vasco que, en ocasiones de fiesta y regocijo popular, también en combate, profieren los vascones. En la práctica lo encontramos, y también lo hallamos mencionado siquiera de pasada en la literatura. Pío Baroja en “Zalacaín el aventurero” nos pinta a los vascos profiriendo “irrintzi”, también Unamuno aludirá al "irrintzi" -puede ser que, cito de memoria, lo haga en algunas escenas de “Paz en la guerra”.


Menos conocido es que el “relincho” formaba parte también –como expresión de desbordamiento y fiesta- del acervo volk-lórico de otros pueblos de la Península Ibérica; aunque lamentamos que se haya desvanecido en la práctica -y también se haya borrado de la memoria-de esos pueblos que no han sabido conservar las tradiciones de sus ancestros como así lo han hecho los vascos y navarros, dignos de todo nuestro respeto y admiración.


Por haber desaparecido el "relincho" de entre las expresiones festivas de los pueblos ibéricos resulta que sólo podremos hallar su reminiscencia en la literatura. Por ejemplo, en esa fuente inagotable del “Volk-lore” hispánico que es el Teatro Áureo de Lope de Vega. Por citar un ejemplo, valga el de algunas escenas que se nos representan en la muy famosa obra de Lope, “Peribáñez y el Comendador de Ocaña”. En las páginas de esta obra dramática podemos oír a Casilda, la bella esposa de Peribáñez, que dice:


En mañana de San Juan
nunca más plazer me hizieron
la verbena y arrayán,
ni los relinchos me dieron
el que tus vozes me dan
.”


En una de las acotaciones del dramaturgo podemos leer: “Éntrense todos relinchando”.

Creemos que no sólo en Ocaña, sino en toda la Península Ibérica pudiera ser el “relincho” (“irrintzi” vasco) una expresión festiva a lo largo de los siglos, llegando incluso a la época de los siglos áureos. Pero, incluso su uso se prolonga a tiempos más recientes.


En “El sabor de la tierruca” del gran D. José María de Pereda, podemos leer que también el “relincho” era una sólita práctica entre los jóvenes de las montañas cántabras para expresar alegría. Entre muchas menciones que de esta usanza hace el genial autor, podemos señalar la que nos pinta al término de una “deshoja” habida en la acción literaria que tiene lugar en el pueblo-ficto de Cumbrales:


“¡Y en el corral cantares, y en la calleja relinchos y más cantares!”.


CONCLUYENDO:


El “Diccionario de Autores” define el “relincho” con las siguientes palabras: “se toma por los gritos y voces en regocijo y fiesta”. El “relincho” ibérico consistía en la imitación humana de un animal sacralizado entre las tribus autóctonas: el caballo. Dicha emulación cuasi onomatopéyica podría interpretarse como una identificación que el hombre hace de sí mismo con el caballo totémico. Téngase en cuenta que el caballo es, para el hombre antiguo, animal domesticado: valiosísimo para el transporte e imprescindible para la guerra y que, en el simbolismo biopsicológico del caballo, éste representa –recordemos a Diel- “los deseos exaltados y los instintos primarios”. Si el empleo del caballo como animal de transporte depara su sentido “psicopómpico” (vehículo en el más allá) y el empleo bélico que del caballo se hace aporta su sentido “apotropaico” (defensor de tumbas), el simbolismo biopsicológico que repara en la exaltación de los instintos y el deseo -como un desbocamiento- será el que permita entender la propensión del hombre ibérico a identificarse –relinchando- con el caballo que relincha en los momentos más álgidos de su vida: cuando se dispone al apareamiento, cuando emprende una carrera desbocada o cuando expresa su plena satisfacción. Precisamente en momentos semejantes a los de mayor desenfreno para el ser humano: la fiesta y la guerra.


Pensamos que el “relincho” fue una usanza extendida por toda la Península Ibérica desde tiempos inmemoriales y remotísimos, uso que hogaño sólo se conserva en tierras vascónicas –gracias al amor que los vascos tienen por sus tradiciones y no sin desafiar bizarramente la destrucción de "viviendas" (1) que el espíritu moderno ha ejecutado, liquidando costumbres volclóricas. En el resto de la geografía peninsular, siempre más permeable a los vientos destructivos de la modernidad, el “relincho” ha desaparecido prácticamente.


Nosotros, reconociendo que estas líneas no quieren ser nada más que un ligero aproche etnológico, rogamos a los lectores del presente "aproche" que, en caso de poder hacerlo, añadan si lo tienen a bien más material procedente de la literatura o el volk-lore de toda España para dilucidar esta cuestión propuesta. Y, por último, reivindicamos el “relincho” como expresión genuina de la alegría de unos pueblos –los nuestros- que si no relinchan hoy en nuestros días es a buen seguro que por haber perdido la alegría antigua y vital que lo llevaba a danzar y guerrear mejor que ningún otro pueblo del mundo.



(1) Queremos recuperar la palabra "vivienda" en su antigua acepción -por ejemplo, empleada por fray Luis de León, a saber: la de "manera de vivir", "estilo de vida", por lo que no recomiendo entenderla como comúnmente se hace: vivienda = habitación física.


BIBLIOGRAFÍA:

 

CIRLOT, Juan Eduardo. “Diccionario de Símbolos”, Barcelona, 1997.
KRUTA, Venceslas. “Los Celtas” (Apéndice de la doctora G. López Monteagudo), Madrid, 1992.

MARCO SIMÓN, Francisco. “Los celtas”, Madrid, 1990.

BLÁZQUEZ, José María. “Imagen y Mito. Estudios sobre religiones mediterráneas e ibéricas”, Madrid, 1977.

CARO BAROJA, Julio. “El Carnaval. Análisis histórico-cultural”, Madrid, 2006.

CARO BAROJA, Julio. “Los pueblos de España”, Madrid, 1981.

RECIO VEGANZONES, Alejandro. “Relieve ibérico funerario con caballo de “Las peñuelas” (Martos)”, Separata del “Homenaje a José Mª Blázquez” , Madrid, 1993.

VEGA, Lope de. “Peribáñez y el Comendador de Ocaña”, Madrid, 1982.

PEREDA, José María de. “El sabor de la tierruca”, Madrid, 1889.

viernes, 8 de julio de 2016

MAL DE OJO, AOJAMIENTO, FASCINACIÓN



LAS SUPERSTICIONES A OTRA LUZ: UN EJEMPLO

Manuel Fernández Espinosa


"Para poder sonreírse de anticipado al oír hablar de simpatía secreta o de acción mágica, es preciso hallar al mundo por completo comprensible, cosa que no cabe le suceda más que a aquel que lo mira con superficial mirada, sin sospechar siquiera que estamos sumidos en un mar de enigmas y de incomprensibilidades, y que no conocemos inmediatamente a fondo las cosas ni a nosotros mismos".

Arthur Schopenhauer




Los estudios antropológicos, así como los de otros campos del saber, han contribuido no poco a mostrar que el mundo de las supersticiones está lejos de ser un objeto de burla autosuficiente, por mucho que resulten a primera vista incomprensibles. La superstición -definida vagamente por el diccionario de la RAE- como "una creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón" requiere ser revisada. La superstición, en efecto, es una "creencia extraña a la fe religiosa"; ¿pero ha sido siempre "contraria" (o siquiera extraña) a la razón? Es aquí donde el estudio de la historia de la ciencia debiera enfocarse sin prejuicios ni aspavientos, puesto que muchas creencias, usos y costumbres consideradas hoy como superstición fueron en su día elementos constitutivos de sistemas científicos hoy obsoletos y olvidados. Habiendo perdido las referencias de esas concepciones ("científicas" en su día) del mundo y sus relaciones lo que llamamos "superstición" vendría a ser en la actualidad una creencia extraña, sí: a la religión y a la ciencia contemporáneas, pero extraña por haber "sobrevivido". Superstición proviene del latín "superstitio" que se forma con "super" (sobre, por encima) y el verbo "stare" (estar) y el sufijo "-tion" (acción), la superstición es, por lo tanto, lo que permanece por encima de lo que está en pie, lo que pervive por sobre lo establecido, lo que persiste, lo que ha sobrevivido aunque en una condición residual, como los restos de un galeón naufragado en la playa de hoy. La superstición, por lo tanto, no es en principio una "creencia" equivocada ni ridícula, tampoco irrisoria: hay que estudiarla con más rigor.

Por ejemplo, una de las "supersticiones" que todavía existen al menos en los ambientes rurales es la creencia en el "mal de ojo", en el "aojamiento". Y vamos a tomarla como ejemplo que nos servirá para demostrar lo que hemos dicho arriba.

El "mal de ojo", también llamado "aojamiento" o "fascinación", es considerado como una superstición propia de gentes sencillas y cándidas que conceden credibilidad a una extraña (e increíble, para el moderno) forma de causar el mal "invisiblemente", se supone que a través de los ojos, de la mirada. Nuestro Enrique de Villena, uno de los personajes más interesantes de nuestra Baja Edad Media española, el mismo que en su día fue reputado como "mago" y que hoy pasa por extravagante, habiendo alimentado antaño una dilatada literatura fantástica sobre la base de su figura legendaria, escribió todo un "Tratado de fascinación o de aojamiento" que muestra un buen compendio de lo que los científicos de su época, por mucho que hoy nos parezcan magos, cabalistas y gente estrafalaria, pensaba sobre el asunto. Por eso podía escribir Villena: "Onde al presente sea a vos manifiesto muchos filósofos e grandes letrados fablaron del ojo, donde se diriva [=deriva] aojar, que en latín dezimos façinar [=fascinar] o por aojamiento façinaçión [=fascinación]. E pocos dieron la cabsa [=causa] d'ello e fueron menos los [que aportaron] las causas alcançantes de sus remedios preventivos, cognitivos e subsecativos [subsecuentes, subsiguientes], siquier curativos. Los más, empero, concuerdan de aquellos sean [la causa] algunas personas tanto [=tan] venenosas en su complision [=complexión] e tan apartados de la eucrasia, que por vista emponçoñan el aire e [que] los a quien aquel aire tañe e los resçibe por atracçión respirativa, segúnt en la Cosmografía es manifiesto: afirma en Çiçia sean mugeres que por sola catadura matan."

Posiblemente, la "Cosmografía" a la que se refiere Villena sea la de Gervasio de Cantorbery (finales del siglo XII). El término "eucrasia" que hemos subrayado es sumamente importante para lo que atañe a nuestra exposición. ¿Qué es la "eucrasia"? La "eucrasia" es la buena constitución de una persona, siendo su antónimo la "discrasia". El término procede de la medicina de la antigua Grecia: Hipócrates de Cos sostenía la idea de que la salud era equilibro natural. Más tarde, Galeno establecerá que la salud se basa en la "mezcla justa" de humores que armónicamente se combinan. Vemos, por lo tanto, que la causa que se daba al fenómeno del "mal de ojo" se relacionaba con términos propiamente científicos hoy desconocidos y olvidados (no por ello obsoletos), lo que demuestra que lo que hoy llamamos "superstición" no era ni extraño ni contrario a la razón hegemónica de una época. El mismo Platón había dicho en el "Fedro" que el amor era una especie de enfermedad ocular. Agrippa de Nettesheim también afirma que la fascinación "es una fuerza que, partiendo del espíritu del fascinador, entra en los ojos del fascinado y se introduce hasta en su corazón. El espíritu es pues el instrumento de la fascinación; emite, por los ojos del cuerpo, unos rayos parecidos a él mismo y lleva consigo la virtud espiritual. De este modo, los rayos que parten de ojos legañosos y rojos llevan consigo el vapor del espíritu y la sangre corrompida cuando encuentra los ojos del que mira y, por este contagio, estos ojos que miran quedan obligados a contraer la misma enfermedad".

Marsilio Ficino apunta: "¿Qué tiene de sorprendente entonces si el ojo abierto, y dirigido con atención hacia alguno, lanza a los ojos del que está cerca las flechas de sus rayos, y junto con éstas, que son el vehículo del espíritu, extiende el vapor sanguíneo, que llamamos espíritu? De aquí la flecha envenenada trapasa los ojos y como es lanzada por el corazón del que hiere, busca el pecho del hombre herido, como su propia morada, hiere su corazón y se condensa en su más duro dorso, y se convierte en sangre. Esta sangre extraña, que es ajena a la naturaleza del herido, envenena la sangre propia de éste. Y envenenada la sangre, se enferma. De aquí nace una fascinación doble...".

Podríamos añadir multitud de pasajes escritos por filósofos y médicos renacentistas (es cierto que muchos de ellos considerados magos, pero eso es otro tema) que tratan este asunto de la fascinación, pero con seguridad quien mejor comprendió estas cuestiones siglos después -ya en el siglo XIX- fue el filósofo alemán Arthur Schopenhauer. Schopenhauer, con una vastísima cultura enciclopédica, tanto del pasado como de su época, y con su poderoso talento sintetizador, empeñado como estaba en confirmar su filosofía del mundo como voluntad y representación, revisa el estado de las ciencias de su tiempo en su obra "Sobre la voluntad en la naturaleza" y, haciéndose cuestión del asunto de la fascinación; cuando llega a las curaciones por magnetismo, escribe: 

"A juzgar por la analogía, es más que verosímil que la fuerza insidente, que obrando inmediatamente sobre el individuo extraño puede ejercer un influjo saludable, pueda obrar también sobre él, tan poderosamente cuando menos, de una manera perjudicial y perturbadora [,,,] Resúltanos también comprensible, desde este punto de vista, el por qué el pueblo atribuye tercamente en todas partes y hasta el día de hoy ciertas enfermedades al maleficio (mal de ojo), sin que se pueda disuadirle de ello:"